La carta
Don Simón, como a diario, recibió un paquete grande de cartas. Poco a poco su morral se fue quedando vacío mientras las entregaba en todos los buzones que ya conocía de sobra. No obstante, notó que la última carta del sector tenía una dirección que jamás había visitado. El papel estaba algo arrugado, amarillento. Encima se dibujaban unas letras temblorosas y pequeñas que el cartero de sesenta años apenas pudo apreciar. Sus ojos se rasgaron detrás de los gruesos cristales. “Calle de las Flores, Número 1504…” Alzó entonces la vista y efectivamente era el lugar. Reiteró la lectura del destinatario y arrugó aún más el entrecejo. La casa frente a él no tenía un solo cristal intacto. Dentro, se divisaba una cantidad indecible de garabatos y por fuera no era diferente. Una parte del techo se había derrumbado y definitivamente no había buzón. Exhaló un fuerte suspiro y guardó de nuevo la curiosa carta en el morral. Debía regresar a la oficina antes del medio día para tomar su hora de descanso. Al retirarse, la casa pareció exhalar una bocanada de aire caliente que hizo volar su bonito gorro de cartero. El terror a lo desconocido se apoderó de él y no se atrevió a mirar atrás cuando recogió el gorro, echándose a andar a toda prisa lo más lejos que le permitieran sus piernas.
Al llegar a la oficina postal, ignoró a la recepcionista que le saludó cordialmente y fue directo a la sección de envíos.
―Toma la carta que faltó entregar, Rosalba, verdad de Dios que en mis cuarenta años de servicio ninguna se había quedado en el morral y ésta… ―miró largo el sobre y lo depositó en el mostrador. El hombre se acercó despacio, arqueando sus pobladas cejas llenas de canas. ―Es una casa embrujada, verdad de Dios―. Soltó en un murmullo rasposo y se alejó para ver la expresión indiferente de la mujer.
― Tal vez el destinatario es incorrecto. No se preocupe, mañana se regresa a su…
― ¡Que está embrujada!
Los presentes se volvieron y lo miraron, atosigados por la necedad del viejo, el cual se percató y se retiró mascullando cosas sobre “en mis tiempos”, “respeto”, “mayores…”
Durante la noche, una imagen muy clara del pasado se presentó como un fantasma aterrador: un rostro quemado y ennegrecido expulsaba de sus maltrechos pulmones el ventarrón caliente que había salido de la casa abandonada en la mañana. Su mente recorrió cada centímetro del rostro que le hablaba, causándole terror. Despertó espantado, sacudiendo la cabeza. Había creído que los años le harían olvidar aquella monstruosa visión: cuando era un chiquillo de ocho años, en su barrio ardió una casa. Nadie pudo salvar a los que ahí vivían dado que las puertas de la misma fueron bloqueadas por enormes trozos de estructura venida abajo. Cuando las llamas fueron apagadas, fue encontrado un cuerpo femenino con un bebé en sus brazos, calcinados hasta la médula. Hallaron al marido con quemaduras graves pero con vida. La curiosidad infantil le llevó a verle el rostro deshecho en una masa informe donde apenas se notaban sus rasgos, justo antes de que lo llevaran a la ambulancia.
Maldijo y fue a orinar. Al regresar, dio un beso con los dedos al retrato de su mujer fallecida años atrás y se volvió a acostar, no para descansar sino para involuntariamente ser parte de ese horrible sueño donde él mismo era ahora tragado por las llamas, escuchando los gritos desesperados de la mujer y los alaridos lastimeros del infante. Sin más, los fuegos infernales habían desaparecido pero en sus manos descansaba, en silencio, una carta: la carta que no entregó.
Al día siguiente, movido por la curiosidad, la solicitó en el mostrador de Rosalba, quien la entregó son decir nada. Las nudosas manos con cicatrices de los años llevaron el sobre cerca de sus ojos, donde de nuevo se hicieron pequeños al leer la dirección del remitente.
―Voy a buscar otra vez la dirección, creo que ayer me equivoqué de colonia. Ya soy algo viejo, ¡deberían jubilarme ya, en lugar de esperar…!
Rosalba se encogió de hombros y dejó al hombre irse farfullando maldiciones sobre su jubilación y sus años de servicio.
Pero era viejo, no imbécil. Aquello le costaría su jubilación que sería apenas en unos meses más pero eso si alguien se enteraba. La dirección de quien enviaba era la misma de la casa ardiendo que entregó a su memoria los más horribles recuerdos. El predio no había sido ocupado y en su lugar construyeron un parque, por tanto, era imposible ese remitente. Y ahí estaba el hombre testarudo, penetrando en la casa abandonada del destinatario, durante la noche para que nadie lo mirase. Sus manos temblaban pero esa carta no podría desaparecer de su vida sin aclarar el misterio. En la sala, sobre la chimenea maltrecha permanecía una pintura extrañamente intacta: la de un hombre cuyo rostro miraba, severo, al visitante; y con él, una mujer desconocida que llevaba en brazos un pequeño con alrededor de cinco años. Se acercó y pudo reconocer el rostro del sujeto puesto que le había visto, feliz, con su mujer antes del incendio. Pero la dama del retrato no había sido la misma. Se humedeció los labios salados y abrió la carta. Aluzado por la linterna encontró un breve texto que decía con letras tímidas: “He pagado mis pecados. Cada año, cuando las llamas vienen a mí y consumen mis recuerdos, consumen también lo que amé y perdí por una aventura, por creer que un hombre posee el derecho a tener tantas familias quiera. Hoy, mi amada Fátima, 16 de marzo de 1976, te pido perdón como cada año por haberte sido infiel y quiero que sepas que aún te amo y extraño a nuestro hijo. Por siempre tuyo, Gregorio R.”. Suspirando, puso la carta en el suelo. Un crujido rompió la quietud, se volvió a la entrada de la sala con la piel de gallina. La luz naranja le aceleró el corazón. Había fuego en el recibidor. Se echó a andar hacia la parte posterior de la casa pero el humo, como una mortaja, había llenado la mayoría de los cuartos de la planta baja con velocidad irreal. Temiendo por su vida, maldijo la idea de haber ido de curioso. Suplicaba a su Dios por encontrar salida. El fuego invadió todo, dejándolo arrinconado. De pronto, una ráfaga de aire frio le llegó desde el otro lado de la sala y pudo distinguir, por debajo del humo, una ventana destrozada. Se echó a correr, ignorando la dureza de sus rodillas y, sin considerar daños menores, se arrojó por la misma, atravesando las llamas como un león de circo por un aro de fuego. El dolor le hizo reaccionar desde el suelo lleno de maleza. Alzó la vista, tallándose los ojos lacrimosos por el humo. Desde la ventana, el rostro quemado de sus sueños le observaba con sus cuencas vacías, esbozando una sonrisa maltrecha, demoniaca. Al siguiente parpadeo nada había en ese lugar, solo luz naranja y humo negro, arremolinado, escapando por la ventana.
…
Don Simón besó el retrato de su mujer, y lo colocó de nuevo en la mesita de noche. Rezó un Padre Nuestro, disponiéndose a dormir en la suave cama de hospital, esta vez sin sueños perturbadores del pasado, con paz en el alma. La carta fue entregada.

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