Los Ojos de los Árboles (4ta parte)


Fotografía por David Casson

   Capítulo 4: El río

                Cuando abrí los ojos, todo era borroso y confuso. Un dolor asfixiante hizo llevarme la mano en automático a la cabeza donde encontré un golpe inflamado y sangrante. Me sentía pesada, débil, desorientada. Cuando por fin mi vista se aclaró, encontré que estaba en la ribera del río. Una persona en cuclillas me daba la espalda desde unos metros. Quise enderezarme, las piedras lisas del río se me clavaban en la cara.

            —Marcela, qué bueno que despiertas —dijo volviéndose el extraño. Encontré el rostro burlón de Elías. Me dejé caer de nuevo en los guijarros, apretando los puños con impotencia―, pensé que de veras te habías muerto. Te encontré en el río aún antes del anochecer. De hecho, estaba escarbando tu tumba.

            No respondí. Estaba tan exhausta y a la vez tan adolorida que simplemente su comentario era indiferente.

            Pronto me percaté que el brazo izquierdo estaba entablillado habilidosamente pero el dolor no cesaba.

—No te muevas. Pareces una piñata―dijo entre risas―, de momento estamos a salvo aquí—, continuó, acercándose.

― ¿Por qué lo dices? ―dije arrastrando las palabras, realmente no quería saber nada, pero la curiosidad era demasiada.

― Parece que a esa cosa le gusta la neblina, y hasta aquí no ha llegado. De todas maneras, debes descansar que nos espera un largo viaje hasta el poblado más cercano.

            Solo me quedé recostada sobre las piedras, de espaldas. El muchacho acomodaba en un ligero botiquín lo que había utilizado para atender mis heridas más graves. Posteriormente lo guardó en su mochila.

— ¿Qué es esa cosa?, ¿cómo sobreviviste?, te escuché gritar… ―murmuré.

―No tuve oportunidad de verlo siquiera ―contestó alzando los hombros, indiferente―, de hecho, aproveché que te echaste a correr para ver qué era, pero no pude distinguir nada. Lancé una flecha a donde creí que había ido, creo que no pude darle.

Recordé su grito, sin embargo, no quise preguntar más. El cansancio me venció súbitamente. Por mi mente comenzó a pasar una serie de imágenes borrosas, recuerdos tal vez, tan revueltos y llenos de saltos que pensé que más bien fue un mal sueño: Los cabellos castaños de la chica descuartizada, sucios, opacos y tiesos por la sangre seca. Su rostro cenizo, sin vida y aquellas horrendas cuencas vacías que hacían un horroroso juego con las entrañas soltadas por un vientre rajado. Gusanos. Neblina. El par de cuernos de ciervo alzándose como un tenebroso amasijo de ramas. Los ojos de los árboles no mostraban su iris dibujado en la piel reseca sino ahora lagrimeaban; no uno, cientos, todos los árboles en cada uno de sus ojos lloraban la sangre de Lucía. Y de pronto una voz: “Huye” … la voz de la chica que me congela de pies a cabeza. El aroma rancio de animal carnívoro que exhalaba un aliento gutural tras de mi llegó a mi nariz, llenando todo mi ser de adrenalina y pánico. Decidí mirarle, despacio, volví mi rostro y encontré el descarnado morro de un animal cuya blancura ósea se asomaba. No pude ver más. Solté un alarido desde lo más profundo de mis pulmones mientras me alzaba de la sábana, sudando frío, aterrorizada. El frío de la noche me sacó del estupor pesadillesco, pero el calor de una fogata iluminó mi rostro, dejándome sólo el corazón latiendo a mil por hora. El brazo comenzó a dolerme terriblemente por haber manoteado sin sentido. Una carcajada me devolvió de golpe a la realidad. Al otro lado de la fogata estaba Elías, deshaciéndose de risa por haberme visto despertar de esa forma. Por alguna razón me morí de vergüenza y me hice bola de nuevo en la sábana.

―Eh, Marcela –escuché luego de un rato de habérsele pasado la risa―, levántate, nos vamos. Sólo retrasas el camino con tus desmayos de señorita victoriana. Anda, levanta tu tenderete y sigamos el río.

No hice más que obedecer. La manta que me cubría era del muchacho así que en cuanto la enrollé, me la arrebató para guardarla en su mochila.

 

Anduvimos por alrededor de una hora, en completo silencio, alumbrados por la luz de la enorme luminaria natural de la Tierra. La brújula del muchacho nos mostraba un claro norte y el poblado más cercano estaba al oeste, justo donde habíamos iniciado el viaje dos días antes. Caminaba en la oscuridad oyendo los guijarros crujir bajo mis pies. Con cada paso que daba me parecía escuchar que algo nos seguía, pero por más que miraba atrás no encontraba señales ni ruidos. Deseaba con todo mi corazón poder llorar en paz sin sentirme con la presión burlona del tarado de Elías que andaba como si nada. Entonces, sin más se detuvo y me miró llevándose con nerviosismo un dedo a la boca, señalando que me quedara callada. Volvía su mirada nuevamente al origen de una serie de pisadas apresuradas que bajaban desde el bosque inclinado, entre ramas y oscuridad. Todo el lecho y ribera era liso, por tanto, la mejor opción fue echarnos panza abajo sin dejar de mirar a quien salió despedido, de entre la foresta. Era una figura humana que de inmediato me dejó sin aliento. Oculté el rostro entre las manos y pude sentir a Elías a mi lado alzar su arco compuesto, montar silenciosamente una flecha con punta de acero y el latigazo de la cuerda al disparar. Por suerte tenía una pésima puntería. 

― ¿Hay alguien ahí? —cuestionó el sujeto, claramente era un miembro del campamento―. Por favor…

― ¡Aquí! —grité, levantándome del piso a toda prisa, sentía un alivio sofocante ver a otro sobreviviente.

            Su nombre era Gibrán, un integrante del grupo de intermedios, lo había conocido algunos meses atrás en un evento de la organización. Nos contó a toda velocidad que algo había atacado el campamento conforme la neblina terminó de subir al claro. Todos huyeron, perdiéndose en el bosque. Él mismo se echó a correr luego de encontrar a uno de sus amigos degollado. El muchacho temblaba, sus ojos estaban desorbitados debido al terror de los recuerdos. Puedo recordar su rostro brillante de sudor ante la escasa luz. Vomitó en repetidas ocasiones, apartándose de nosotros. Le supliqué que nos dijera si alguien de alto rango que pudiera auxiliarnos había quedado con vida, pero el chico sólo negaba agitando la cabeza mientras las lágrimas escurrían por las mejillas.

            ―Todos…. Todos están muertos. Es el windigo, es… es el windigo…

Comenzó a decir a toda prisa, balbuceando hasta quedar solamente hecho un ovillo en el piso, sujetando sus piernas con los brazos. Su imagen era tan espeluznante que solo recordarle siento tanta ansiedad…

            ― ¿Qué es un windigo? –insistí tratando de hacerle entrar en sí pegándole pequeñas bofetadas-, ¡Gibrán, por Dios!

            —¡Es esa cosa que se esconde en la neblina! –exclamó, pero él mismo ahogó el grito mirando a todas partes—. Los saulteaux y otras étnias nativas creían que eran criaturas que vivían en lo profundo de los bosques, —hizo una pausa y bajó la voz- criaturas horribles con forma humana y grandes cuernos de venado sobresaliéndoles de la cabeza con forma de cráneo de lobo sin piel ni carne. –Un escalofrío me recorrió la espina cuando recordé ese sueño horrible donde pude ver ese morro descarnado tras de mí. Comencé a hiperventilar—. Pude ver sus cuernos entre la neblina, ¡pude verlos!

            —Bobadas –escupió Elías entornando los ojos con fastidio, soltó un bufido—, metiéndole pendejadas de supersticiones y cosas absurdas de un montón de indios fanáticos…

            Por primera vez tuve el valor de soltarle una buena bofetada que creo que me dolió más a mí que a él. El muchacho me miró sorprendido.

            —¡Más vale que te calles de una maldita vez, estúpido pedazo de animal! —le grité. Algo en mí se alivió de inmediato, pero sentí el jalón pavoroso de Gibrán y me cubrió la boca con la mano, suplicándome que guardara silencio.

            —Calla por favor —chilló el muchacho—, esa cosa nos oirá…

            —Ok, ok… —susurré—, ¿qué más sabes de esa cosa?

            Gibrán tragó saliva y continuó buscando conservar el aliento.

            —No hay nada qué, hacer, solo huir de la neblina en completo silencio y llegar al poblado más cercano.

            —De acuerdo —dije ayudando a ponerse de pie al chico—, vámonos, caminaremos hasta llegar al poblado.

            Sin más continuamos andando por alrededor de media hora, en silencio, por la rivera pelada de cualquier tipo de yerbajo o siquiera ramas. El río corría a nuestro lado izquierdo con un suave murmullo. Las aves nocturnas ululando y uno que otro aullido lejano llegaron a sacarnos un susto en múltiples ocasiones. Estuvimos al filo de la locura, por el temor de ser atacados, al menos a Gibrán y yo porque Elías guardaba un silencio profundo, como no lo había visto en tanto me había enterado de su existencia.

            Algo de esperanza se había colado por los árboles cuando nos encontramos con Gibrán. Deseaba saber más de lo que él sabía sobre esta criatura, pero él insistía en guardar silencio y caminar rápido.

            El cielo comenzó a clarear. Nuestro cansancio se incrementó. La neblina cubría todo alrededor del río sin bajar a la cuenca. Una vez que el sol salió tímidamente por encima de las copas de los árboles, según explicó Gibrán, el windigo evitaba a toda costa todo aquello que era puro y limpio ya que él mismo era un espíritu corrupto. El agua corriente para él resultaba repulsiva y la evitaba siempre. Esto reforzó mi confianza por ir caminando por aquella rivera tranquila donde engrosaba el río, pero los pies me dolían escandalosamente incluso empecé a creer que no tardarían en sangrar. Pedí a los muchachos un momento para descansar. Nadie se negó.

Recogimos agua del río y compartimos nuestras botellas con filtro. Elías seguía serio conmigo, su mirada a veces reflejaba lo que yo creí fue cierto grado de respeto, por otro lado, existía una tensión invisible, evidente entre él y Gibrán. No pretendí gastar mis pocas energías tratando de indagar qué había con ambos, pero por lo poco que había conocido a Elías, seguramente era su orgullo herido por mi intervención a favor del muchacho.

No supe en qué momento me quedé dormida, pero Gibrán me despertó con una insistencia enloquecida. Abrí los ojos y vi todo rodeado de una neblina profunda, densa como un muro blanco muy cerca de nosotros. Elías apareció unos segundos después, resguardándonos las espaldas.

            —Creo que no deberíamos quedarnos como idiotas aquí nada más —expresó con decisión Elías adelantándose un poco—. Entre más pronto salgamos de esta neblina más seguros estaremos. Y lo vi esfumarse en la misma.

            Gibrán y yo nos miramos y caminamos rápidamente tras el muchacho. Después de todo era él el que tenía el arma. Pero había un problema, no dimos con él por más que nos pusimos al corriente.

            —Tenemos problemas, Marce, esto está ma… —no terminó de pronunciar la palabra cuanto un ruido pastoso y líquido a la vez, así como una serie de golpecitos diminutos invadieron mi nuca con su tacto húmedo, al principio tibio y después frío. No quise volverme, ¡Oh Dios!, no debí mirar atrás, pero lo hice y pude ver a Gibrán dividido a la mitad como una piñata rellena de vísceras cubiertas de sangre fresca. Se me escaparon las lágrimas y me quedé paralizada, no pude siquiera seguir viéndolo, sólo me eché a llorar y de pronto, tal como en aquel sueño de la noche anterior, sentí el aroma pútrido del aliento tibio de un animal desconocido, cerca de mi cuello. Mis ojos estaban abiertos, tan abiertos que incluso no veía nada, los volví a mi lado derecho y vi, lo vi con mis malditos ojos, ese morro descarnado que mostraba unos caninos enormes, malévolos, terribles, sin piel, sin carne que les rodeara…


Continuará....



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