Los Ojos de los Árboles (5ta parte. Final)
Capítulo 5: Los ojos de los árboles
Me eché a correr.
No había más.
No sabía qué demonios sucedía o
qué cosa era aquella que pude ver de reojo, con su dentadura lupina descarnada.
Correr, como hacen las presas asustadas buscando postergar unos segundos más su
vida, sin la certeza de que realmente sobrevivan a la desgracia de perder la
vida. Algo silbó y mi cuerpo se llenó de adrenalina. Un golpe seco en el suelo.
¡Ay no, ay no! Pensaba con vehemencia, mi cerebro elucubraba una cantidad
infinita de escenarios sobre aquel leve zumbido. Recuerdo girar mi rostro
buscando el lugar donde acabó el sonido, por pura inercia. Me estrellé sin más
contra alguien y caí de nalgas en el suelo mojado. Me giré para levantarme y
correr en dirección contraria, pero al alzar la mirada hacia aquello con lo que
me había estrellado encontré a la criatura, grande, maligna… familiar.
—¿Elías?
Mi corazón hablaba de apartarme de
ahí cuanto antes, me lo decía a gritos con cada golpe de sangre en los oídos y
mi cabeza a punto de reventar. Él se agachó dedicándome aquella sonrisa burlona
que me pareció grotesca. Yo temblaba esperando sus palabras, teniendo fe en que
no fuera él quien hizo zumbar la flecha tan cerca de mí. No, por favor… no.
—La niñita corriendo entre la
neblina como un ciervo divirtiendo al lince —dijo poniéndose en cuclillas
frente a mí. El arco colgaba de su mano derecha. Alzó el arma y se la puso
sobre la cabeza, emulando los cuernos de un venado.
—El
windigo viene por ti —y soltó una risotada que me hizo estremecer. Y entonces
vi su rostro descarnarse por sí solo, entre la risa maquiavélica los trozos de piel
caían al suelo, dejando a la vista el blanco hueso, la roja sangre y los ojos
desorbitados, en un retrato abominable. Grité, grité tan fuerte que mi garganta
se desgarró y sentí como me quedaba sin aliento. Los ojos de los árboles me observaban
con sus lágrimas rojas escurriéndoles, me rodeaban. Y una voz que provenía de
todos lados y de ninguna parte al mismo tiempo insistía:
—¡Despierta!
Una mano me sujetó la boca y no
pude respirar más.
Fue cuando entre manotazos abrí
los ojos, al borde del shock. Sendas gotas de sudor se me resbalaban por el
cuello y sentía la punzada horrible de mi brazo quebrado una vez la adrenalina
fue bajando poco a poco. El cielo despejado de una noche de luna menguante me
recibió y el rostro de mis compañeros rodeándome. Encontré a Elías sacudiéndome
en busca de hacerme reaccionar. Me alejé de él arrastrándome, gimiendo, para
luego detenerme y caer en la cuenta de lo que sucedía.
—¡Shhh!,
por favor Marce guarda silencio —chilló Gibrán.
—¡Shh!,
sí, cállate ya, Marcela –escuché decir a Elías con su ya acostumbrada voz
burlona—, fue solo un sueño, mocosa ridícula.
Hice
un mohín mientras la sangre se me subía a la cara y un bochorno me llenaba la
cabeza de la más pura vergüenza.
El
tipo salió de mi vista, regresando al otro lado de la fogata improvisada. Sólo
Gibrán se quedó conmigo.
—Fue
un mal sueño, Marce. Tranquila —su voz era completamente apacible. Me sorbí los
mocos como una niña pequeña y lo abracé, llorando en silencio sobre su hombro.
Él me correspondió el abrazo sin dejar de tranquilizarme con sus palabras. Me
ofreció agua de su cantimplora y un trozo de chocolate que, según explicó,
siempre acostumbraba cargar cuando había excursiones.
—No
deberíamos esperar hasta el amanecer para irnos —escuché decir a Elías—,
debemos llegar cuanto antes al poblado. No tenemos comida y no hay mucho qué
cazar o recolectar.
Ciertamente
Elías tenía razón. Sólo quedaba media barra del chocolate derretido de Gibrán y
no sería suficiente para los tres. Elías no había probado bocado tampoco pero
no parecía que le afectara.
—No
puedo adentrarme en el bosque por la neblina y al río no he visto bajar
animales para cazar.
Sin
decir mucho, levantamos nuestro escueto campamento para proseguir la marcha.
Siempre sobre el río o a sus orillas, prestos a estar cerca del agua en todo
momento. Había entablado una amistad con Gibrán, quien me platicaba cuanto
sabía sobre leyendas, mitología y datos interesantes de la región:
—Este
bosque es uno muy especial —dijo mientras caminábamos, en voz muy baja, casi
susurrando—, hace muchos años, los indígenas que aquí habitaban cuidaban de él
tal como el mismo bosque les protegía. Era, como siempre, una forma de
adaptación de los humanos a su entorno. Aquí vivió una tribu antigua cuyo
nombre no recuerdo en este momento, pero recuérdame de decírtelo luego. Ellos
adoraban a sus dioses animales y plantas, pero temían a un espíritu muy
distinto a otros. El windigo, como lo llamaban, no era otra cosa que un demonio
que poseía a las personas de la tribu cuando salían a cazar. El espíritu demoníaco
se apoderaba de ellos, volviéndoles locos para luego volver al pueblo,
desesperados, suplicando se les diera muerte o acabarían asesinando y
canibalizando a otros miembros de la tribu. Eran pocos los que sobrevivían a
esta posesión y quienes narraron haberle visto con su horrible rostro
descarnado y sus grandes cuernos de ciervo que incitaban a la locura —se detuvo
y miró a todos lados precautoriamente—, algunos dicen que ese pueblo fue masacrado
y solo unos cuantos lograron huir, los cuales vagaron como nómadas hasta
encontrar un lugar lejano donde poder asentarse.
—Parece
que la historia se repite… —dije arrastrando las palabras. Me dieron
escalofríos, sobre todo porque mi mente ya estaba muy perturbada.
—Hay
quienes dicen que sus ojos están dibujados en los álamos blancos y con ellos
puede ver todo el bosque sin necesidad de estar presente —continuó el muchacho,
señalando los árboles al borde inclinado del bosque cuyas marcas de ojos eran
evidentes.
—¡Madre
mía! –exclamé por lo bajo—, te juro que no puedo más con esto —chillé con una
mueca de completa pérdida de esperanza—, mal puse un pie en este lugar supe que
algo andaba mal con esos malditos árboles.
—Pues
es sólo una leyenda —dijo el muchacho. Volvió su vista a donde caminaba Elías,
alejado de nosotros por unos metros—, pero hay que tener precauciones.
—¿A
qué te refieres? —cuestioné extrañada.
No
contestó y plantó su mirada en Elías nuevamente.
—No…,
¿Elías?, no, no creo, es un cretino, patarato, tarado, idiota pero no un loco
poseído.
Gibrán
me miró de nuevo y mostró su desconocimiento alzando los hombros sin dejar de
expresar cautela.
Y
no pude sacarme de la cabeza su idea. Me dediqué a observarlo con más
detenimiento. De pronto sus movimientos me parecieron ligeramente erráticos. El
sueño horrible que había tenido era pólvora para la imaginación. No supe desde
qué momento la fantasía de mi mente se mezclaba con las cosas que realmente
veía. Gibrán me hizo notar que a pesar de que el muchacho no había comido
aparentemente en todo el camino, conservaba la fuerza para corretear, intentar pescar
algo en los ratos de descanso con su caña portátil y además caminar rápido,
lejos de nosotros como si le repeliéramos. Todo aquello era extraño.
Para
el medio día nos habíamos terminado lo que quedaba de la barra de chocolate.
Nos tendimos sobre el suelo, cansados, con los pies hechos una masa punzante.
—Debí
dejar la tacañez y comprar unos buenos zapatos de senderismo —me quejé en una
ocasión. Gibrán soltó una risita.
En
medio de todo ese caos, el muchacho me brindaba una seguridad que no podía
conseguir cuando caminaba sola con Elías. Platicábamos largo y tendido sobre
cosas banales, para olvidar el embrollo en que estábamos metidos. Evitábamos a
toda costa hablar de las muertes, era tema tabú siempre. ¿Y Elías? Pues a él no
le interesaba acompañarnos. Siempre estaba al lado contrario de donde nosotros
nos encontrásemos, rara vez opinaba algo y cuando lo hacía era simplemente para
burlarse o fastidiar como niño de secundaria a pesar de sus notorios veintes.
Por
un momento me detuve a reflexionar. Habían pasado aproximadamente 24 horas
desde que una simple excursión se había vuelto un infierno en vida. Apenas
hacía menos de 24 horas que platiqué con mis amigos los cuales no creo volver a
ver en mi vida. ¿Cómo explicaría a sus padres la pérdida?, si es que
sobrevivía, claro está. ¿Dónde estaban?, sus cuerpos, si no estaban
desperdigados por el bosque como lo que encontramos de la pobre de Lucía,
debían estar en la zona del campamento. Se me rodaron las lágrimas de la
impotencia. Aquello lo notó Gibrán y pudo comprender a la perfección lo que
pasaba. Me abrazó y consoló como sólo él podía.
—Gibrán,
tengo un día de conocerte y puedo ver que eres una excelente persona. Hubiera
sido hermoso conocerte en otro momento —murmuré limpiándome las lágrimas con el
envés de la mano—. Eres un excelente amigo.
Él se limitó a sonreír.
Carajo. Se había ganado mi confianza a un grado tan alto que incluso sentí que en esos momentos tan difíciles éramos lo único que teníamos. A decir verdad, no sentía una atracción real hacia él, más bien un fuerte deseo de comprensión y seguridad que, debido a mi corta edad, confundía con alguna clase de enamoramiento. Me tenía, el maldito me tenía en sus manos. Sé que esto puede parecer cliché e incluso ridículo en esta situación, pero no puedo simplemente omitirlo, sucedió tal cual y dio pie a otras circunstancias realmente… terribles.
La tarde transcurrió relativamente
tranquila. El cielo despejado mostraba una bonita estampa del bosque. La
neblina se esfumó como si de un mal sueño se hubiera tratado, con la ligera
diferencia de que al parecer éramos los únicos sobrevivientes. Me sentía
relativamente segura con ambos muchachos cerca, sin embargo, no podría negar
mis terribles ansias por encontrar civilización antes de que la noche cayera.
Si bien Elías tenía una puntería
terrible con el arco y la flecha, no se rendía en encontrar algo qué comer.
Nosotros nos dedicamos a buscar setas u otros hongos comestibles alrededor del
río, atendiendo los viejos cursos de supervivencia. En un golpe de suerte,
localizamos arándanos y unos cuantos champiñones mientras que el obsoleto
arquero hizo gala de su habilidad, llevando un pescado ensartado en una de las
flechas, a la fogata. Comimos bien y rápido. En unas horas el sol se ocultaría,
dejándonos en penumbra.
—Creo que realmente hay problema
con Elías –dijo en una ocasión en voz muy muy baja, Gibrán, mientras el otro
chico se alejaba para hacer sus necesidades.
—No sé por qué lo dices —insistí
sin lograr entender qué había visto mal.
—Es algo más como una mala espina
que me da el muchacho —dijo mirándome y frunciendo el ceño—, creo que hemos
caminado en círculos, según recuerdo el poblado más cercano no está tan lejos
de donde nos encontramos y llevamos casi todo un día andando.
De alguna forma sus comentarios me
parecieron coherentes. Habíamos caminado río abajo durante mucho tiempo, pero
ni rastro de personas. Elías llevaba la brújula, él tenía en su móvil un mapa
(aunque este se hubiera quedado sin batería desde hacía rato). Su espíritu
egoísta había tomado el liderazgo del grupo sin preguntar, pero no le había
visto problema porque estaba con Gibrán y si él tenía ganas de dirigir que lo
hiciera, ya bastante frustrada me encontraba yo por los sucesos anteriores como
para discutir qué camino tomar (además de que también deseaba hablar lo menos
con él, de alguna manera le había desarrollado una clase de miedo desde el
sueño horrible que tuve).
—Creo que deberíamos dejarlo y
seguir nuestro camino —dijo el muchacho, podemos salir del río y atravesar el
bosque. La neblina se ha ido.
—Es demasiado peligroso, creo que
lo ideal sería permanecer en el río. Ya vimos que la neblina no baja hasta acá.
Gibrán se quedó pensando y agregó:
—No sé, de veras creo que ni él
sabe a dónde va. Deberíamos dejarlo. Piénsalo.
—¡Eh,
par de imbéciles! —gritó Elías desde lejos—, miren allá.
Señaló
más adelante una cabaña a la orilla del río. Tenía un pequeño embarcadero donde
una barcaza oscilaba movida por la corriente ligera del ancho río. El alma me
volvió al cuerpo de inmediato y eché a correr con las fuerzas que me quedaban.
Elías hizo lo mismo. Al llegar a la puerta lo encontramos vacío, sin embargo,
había pertenencias y el fogón estaba encendido. Buscamos al dueño de la misma
en los alrededores sin éxito. Dentro, Elías se dispuso a encontrar alguna radio
o aparato que pudiera ayudarnos a comunicarnos con los guardabosques o
cualquier otro ente que pudiera sacarnos de ahí rápido. Sin esperar, me lancé
sobre el estofado tibio que había sobre la mesa, servido junto a un café
caliente y un trozo de pan. No pensé nada, no me interesó nada más, sólo moría
de hambre.
—Tranquila,
te vas a atragantar —dijo Elías mientras esculcaba un par de mochilas de
excursión sobre la única cama. Encontró un teléfono celular conectado a una
pila solar sobre la mesita de noche, pero nada más. Examinó meticulosamente el
aparato en busca de señal para una llamada de emergencia, pero sólo encontró falta
cobertura. Exhaló un suspiro rasposo y dejó el aparato donde lo encontró. No
tardó mucho cuando se sentó junto a mi a la rústica mesa, me arrebató el plato
del que comía ávidamente y terminó lo que en él había. Hice una mueca de
disgusto y fue cuando me percaté de algo.
—¿Y
Gibrán? –cuestioné.
—No
lo sé —respondió el muchacho hablando con la boca llena.
Salí
de la cabaña, buscándole por todos lados. Como si de magia se tratase, la
neblina se apoderó de los alrededores de la casa en un instante, la vista aún
tenía algo de perímetro y fue cuando le encontré: Se aproximaba a la cabaña,
llevando a rastra dos trozos enormes de carne sanguinolenta. Uno de ellos, por
Dios Santo, era una pierna humana cercenada desde el muslo. Aún llevaba un pie
calzado al final de la misma. El otro trozo no pude identificarlo. Pero su
rostro, ¡madre!, aún lo sueño en mis peores pesadillas, era terrible: sus labios
se recorrieron hacia encima de las encías, mostrando, como un perro enfurecido,
una miríada de dientes afilados bañados en sangre, aún con girones de roja
carne colgando de ellos. Sus ojos eran de animal, pero muy humanos, sin
párpados. Todo él estaba bañado en sangre.
—¡Hola,
hermosa, traje la cena! —le escuché decir arrastrando las palabras como si algo
le obstruyera la garganta. Pero un
silbido cruzó a toda velocidad el espacio entre Gibrán y yo. La saeta fue directa
a clavarse en uno de sus ojos. Elías acertó al objetivo. Un rugido espantoso
llenó el aire del bosque y me sentí desmayar.
—Nononoo,
Marcela, con un carajo…
Elías
me sostuvo hasta recuperar la fuerza en las piernas, fuimos a la parte trasera
de la cabaña, hasta el bote. La criatura había quedado atrás, pero mientras el
chico intentaba deshacer el nudo de las amarras, se materializó frente a
nosotros como una oscura columna de humo oscuro. El recuerdo me perturba tanto,
es doloroso aún: Un par de grandes cuernos habían salido de su cabeza
desgarrada y ahora toda la piel de Gibrán caía a girones, como si de un viejo y
deshecho atuendo se tratase. Se estiraba, haciendo pedazos la piel del chico; ahora
superaba los dos metros de alto, encorvado, sumido entre la neblina donde
apenas se podían distinguir partes de su cuerpo oscuro y seco como el de un
cadáver carcomido; sobre su cráneo mutado, con tiras de carne y pelo aun
colgando del mismo, reposaban dos enormes astas resquebrajadas de ciervo. La
flecha aún permanecía en su ojo de donde un fluido negro emanaba a borbotones,
se la arrancó sin más, así como el otro ojo sin párpado, colocando en las
cuencas vacías un par nuevo de globos oculares humanos con el iris azulado que
habían estado colgando del nudoso y rosado nervio a un amarre que le rodeaba el
delgado cuello enramado. En un pensamiento fugaz supe que eran los ojos
arrancados de Lucía. Se acercaba y junto con él la neblina espesaba. Ahogué un
grito cuando se echó en cuatro patas, despacio, sin dejar de mirarnos, cómo si
aquello le divirtiera. Elías trataba de soltar el nudo ya con ambos dentro de
la barcaza, pero la cuerda tensada hacía casi imposible la maniobra. Una risa
monstruosa brotó de la criatura y le vi levantar una de sus garras horribles,
rematadas en zarpas similares a las de un oso para pronto dejarla caer sobre el
chico. Por nada la evadió, pero el golpe logró rozarle una parte del brazo,
dejándole la carne y piel guindando en un corte preciso, fino, tal como el tajo
de un cuchillo bien afilado. Elías gritó de dolor y se echó de espaldas en el fondo
de la barca, la cual empezó a moverse libremente con la corriente del río. Vi a
la criatura nuevamente alzarse en sus dos delgadas y torcidas piernas para
luego esfumarse entre la niebla.
El
charco de sangre crecía mientras el muchacho mantenía el trozo de carne
arrancado en el lugar correspondiente, buscando soportar el dolor que se le
reflejaba en el rostro enrojecido y colmado de lágrimas. Pronto tomé la
pañoleta en mi cuello e hice un amarre alto en el brazo para luego vendar con
la del muchacho la pieza de carne. Un vahído repentino se apoderó de él,
dejándole pacíficamente tendido. Mi corazón no podría soportar más estrés y
pánico. Dejé que el sonido del agua se llevara mis miedos. Al parecer estábamos
a salvo, rodeados de río donde el windigo no podría alcanzarnos.
Entonces
entendí todo: la masacre no había sido a causa de un animal sino de los mismos
integrantes del campamento, presos del hechizo del espíritu antiguo; entendí
por qué el cuerpo de Lucía estaba colgado con tanta habilidad del árbol y
porqué sus ojos habían sido extraídos; el porqué del pie cercenado con
precisión; la insistencia de Gibrán de separarme de Elías, el único con armas y
quien seguía el cuerpo de agua religiosamente. El demonio buscó alejarme del
agua y del peligro que suponían las flechas para poder asumir su verdadera
forma y canibalizarme brutalmente, como parecía gustarle y como había hecho con
los dueños de la cabaña. Alguna fascinación encontró en mí que nunca podré
saber, tal vez le agradaba alguna clase de inocencia en una adolescente
retraída y sin vida social.
Puedo recordar haberme quedado
dormida en uno de los maderos, en posición fetal, con los músculos engarrotados
para no tocar la sangre en el fondo del bote, pero tampoco asomar alguna
extremidad de los lindes del mismo. No me salían las lágrimas, estaban secos
mis ojos. La impresión no me dejaba ni cerrando los ojos, aún tenía retratado
en mi mente el rostro desgarrado de Gibrán y su dentadura ominosa, así como la
figura diabólica del bosque.
El cansancio acabó por vencerme. Elías
y yo navegábamos a la deriva en un bote sin remos, a merced de la corriente pacífica
(y a ratos rauda) entre las peñas de los montes, sumideros y cañones. La niebla
en ningún momento despejó nuestro recorrido por el río, pero se limitaba a los márgenes.
Elías no despertaba e incluso llegué a pensar que estaba muerto, pero revisando
sus signos vitales solamente parecía dormir. Examiné su mochila en una ocasión,
buscando algún recipiente con filtro para beber agua del río, pero grata
sorpresa que encontré una cantidad indecible de dulces, chocolates y comida
chatarra. Así era como había sobrevivido, ocultando comida para no compartir.
Menudo imbécil.
Durante
la noche, nuestro bote fue interceptado por un cúmulo de buscadores. Pude ver desde
lejos los múltiples conos de luz que despedían sus linternas entre los árboles.
Escuché los perros ladrar. Me sentía ausente aun cuando nos ayudaron a bajar de
la barcaza. Oía sus voces preguntándome cosas que no entendía, sólo guardé
silencio. Me pusieron una cálida manta de lana encima, el frío me atenazaba los
brazos y la espalda, pero no me había percatado de tal cosa. No pregunté por mi
acompañante, pero logré divisarlo subir a una de las ambulancias, en compañía
de sus padres quienes, lacrimosos por la alegría de haberle encontrado, le
llevaban rodeado con sus brazos. Me lanzó una última mirada escueta, vacía,
anormal y bestial, como la de los perros cuando en sus ojos se refleja la luz
de los autos en la carretera.
Algo no estaba bien.

No puede acabar así :(
ResponderBorrarO no entendí el final
Posiblemente sí entendiste el final porque tengo una extraña fascinación por hacer ese tipo de finales medio abiertos.
BorrarGracias por leerme :)
Creo ya le entendí, me agrada ese tipo de finales
BorrarY... Gracias a ti por seguir subiendo tus escritos
Espero verte pronto por acá :) Suscríbete y gracias nuevamente.
BorrarLa suscripción está hace meses haha
BorrarAquí seguiré :0
Entonces doblemente gracias :) mañana toca publicación. Saluditos!
BorrarAsí que el agua es vida... Y defensa en tu historia. Me pareció fascinante... Me imagine perfectamente a los personajes. Felicidades una historia para leerse en una tarde lluviosa con un café.
ResponderBorrarMuchas gracias por el café ;)
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