Nació en un sueño de verano
Al
alba, sus ojos se abrían con fastidio. Día tras día, el agua mojaba sus oscuros
cabellos por la madrugada. Un desayuno perezoso, una botella con agua colgando
del morral. Y el camino a la oficina, en medio de un bosque de varillas
envueltas con cemento, figurando edificios, bañado con el sol veraniego que
hacía a sus ojos aún más rasgados. La silla de siempre, el ordenador de todos
los días. Y su mente ausente, tan lejos, caminando en los prados irlandeses,
volando entre los fríos vientos de los Andes. Y de pronto, una pila de papeles
amontonada en la impresora, un cerro de pendientes a su lado. Se jalaba los
cabellos en el baño, mirando en el espejo amplio a una mujer que envejecía encerrada
en una jaula bien pagada, llorando los sueños de niña que no veía cumplirse. Las
ojeras bañaban de un mortífero aire su rostro, pálido, agrietado por los años. Pero
algo debía pagar los gastos de la casa, el departamento con linda vista a la
ciudad, la comida sana para no engordar. Día con día, noche tras noche, la
misma silla, el mismo parloteo de los compañeros, como maniquíes móviles,
destinados a aplastar teclas y ser “productivos” en una empresa que nada
agradecía.
Una
carga de historias en internet, entre youtubers y la felicidad vendida de una
sonrisa al tejer, cocer, cocinar frente a una cámara. Le agolpaban el corazón:
“Yo quiero ser… como tú” Decía al espejo luminoso de su teléfono celular. “No
eres nadie especial ni estás destinada a nada, sólo tú eres dueña de la forma
en que ves el mundo y tu camino lo creas tú” dijo un día la psiquiatra. “Tómate
estas pastillitas para que te tranquilices y puedas estar en paz”. Así, por su
garganta pasaba, todas las noches antes de dormir, un sorbo de agua donde
navegaba la mitad de una escitalopram hacia la nada, una dosis doble de letras
de algún libro agradable, y una cada vez mayor de incertidumbre: “¿entonces qué
soy?”
Así,
se alzó, decidida, de su cama una calurosa mañana de verano, como si el sol
mismo le hubiera jalado de entre las cobijas. Y se echó a andar, llevando el
bulto de dinero en una tarjeta de débito y una mochila cargada de sueños e
ilusiones al hombro. No se despidió, no firmó nada, ni siquiera agradeció. Sólo
se fue, tranquila, andando por la calle hacia la nada.
No
obstante, abrió los ojos y vio el papel mojado bajo sus brazos cruzados sobre
el escritorio. La tinta se había corrido con las lágrimas fugitivas, derramadas
por el cansancio lastimero. Una compañera de trabajo le zarandeaba discretamente
el hombro para hacerla despertar. Alzó sus ojos castaños, encontrando las
paredes forradas de un cubículo familiar, el monitor de siempre y el papel
lleno de letrillas chiquitas, tímidas que narraba un camino, una aventura, un
cuento. Su corazón comenzó a latir rápido, una alegría inundaba su alma: Había
nacido la cuentista, el verano del año 2016, encerrada aún en el valle de la
pena que es la realidad, pero liberada al infinito de los escritos, su
felicidad absoluta.

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